Las tormentas son las que hacen que valga la pena jugar a Mad Max

Estaba casi ciego. Me envolvía una oscuridad dorada acompañada por el rugido ensordecedor del viento furioso y aullante. Perdido, vagaba sin rumbo fijo, ocasionalmente corriendo hacia la izquierda o hacia la derecha para evitar los detritos que habían sido azotados por la tormenta y lanzados hacia mí. Al principio me sentí sofocado, como si fuera una trampa